Share This Article
«No existe crimen organizado sin poder político». Esta frase, que nuestro padre, Fernando Villavicencio, repetía una y otra vez con feroz insistencia, pareció haber atravesado fronteras hasta llegar al IV Foro América Libre, en Ciudad de México.
Estaba ahí su palabra, sin que nadie necesitara pronunciarla literalmente, la encontramos una y otra vez en los discursos, en las historias de persecución y en las preguntas que flotaban en torno a una América Latina donde el crimen organizado ha dejado de ser un asunto exclusivamente policial, para convertirse en una amenaza contra la democracia.
Los días 29 y 30 de septiembre de 2026, fueron para retomar fuerzas y sentir que a pesar de las dificultades, hemos avanzado. Algunos de los personajes que en ediciones anteriores estuvieron representados por sillas vacías, por ser presos políticos de la región, ahora ocupaban su lugar entre los asistentes.
José Daniel Ferrer, Williams Dávila, Biagio Pilieri, Juan Pablo Guanipa y Jeannine Añez eran parte de esa imagen poderosa: hombres y mujeres que conocieron la condición de prisioneros políticos y que volvieron a hablar en libertad, recordándonos que ninguna democracia puede considerarse plena, mientras encarcele a quienes piensan distinto.
En años anteriores, no solo conocimos las historias de estos expresos políticos. Conocimos a sus familias y a sus hijos valientes, quienes levantaban la voz por ellos. Todo ese esfuerzo no fue en vano: este año ya pudimos tenerlos entre nosotros. Este encuentro fue, por ello, particularmente conmovedor.
La emotividad -que fluía en el auditorio del hotel donde se celebraba el foro- coexistía, sin embargo, con una tensión creciente en las afueras del recinto. A las puertas del hotel se congregaron manifestantes que, entre gritos y huevos lanzados, intentaban obstaculizar el ingreso de los asistentes. Su hostilidad contrastaba con las palabras que se pronunciaban dentro del recinto. La libertad, comprendimos una vez más, no es una consigna cómoda: a veces basta con reunirse a defenderla para que alguien intente boicotearla.
Las intervenciones de los expresidentes Felipe Calderón de México y Andrés Pastrana, de Colombia, llevaron la discusión hacia una zona todavía más inquietante: la relación entre el poder político, la corrupción y las organizaciones criminales. Desde México hasta Colombia, las experiencias relatadas dibujaban un mapa de instituciones bajo presión, violencia política y territorios donde las fronteras entre el Estado y las mafias se vuelven motivo de alarma. No eran historias idénticas, pero compartían una pregunta: ¿Qué ocurre cuando quienes deberían combatir al crimen terminan protegiéndolo, tolerándolo o negociando con él?
Entonces la frase de Fernando adquiría mayor vigencia. Para nosotras, Tamia y Amanda, no era una reflexión teórica ni una consigna pronunciada desde la distancia. Era la voz de nuestro padre, el hombre que investigó las redes de corrupción y denunció sus conexiones con el poder, y que fue asesinado mientras aspiraba a gobernar el Ecuador. Su ausencia dolorosa y prematura nos acompañó durante el foro, no como un recuerdo inmóvil, sino como una herida que también nos exige seguir preguntando.
Por eso mismo, la historia de María Claudia Tarazona, viuda del candidato presidencial colombiano Miguel Uribe Turbay, y que también asistió al foro, nos tocó el alma. No podemos dejar de ver las similitudes, los paralelismos y el modus operandi de un crimen contra la democracia, como el de nuestro padre. Escucharla en el escenario le dio al encuentro otra dimensión. Su relato recordó que detrás de cada atentado hay familias que deben aprender a vivir con una ausencia, niños a quienes les arrebatan el futuro que imaginaban y sociedades que corren el riesgo de acostumbrarse a contar muertos como si fueran cifras sin nombre.
Una parte fundamental de este encuentro fue el liderazgo de Mariana Gómez del Campo, presidenta de la ODCA, cuya capacidad de convocatoria hizo posible reunir historias, voces y luchas que atraviesan el continente. Hay algo singular en mirar alrededor y descubrir a tantas mujeres valientes liderando en América Latina: mujeres que abren espacios, sostienen causas, enfrentan poderes y convierten la adversidad en organización. No es un detalle menor ni una coincidencia, es una fuerza política que está transformando la manera en que defendemos la democracia y construimos futuro. En medio de tanta violencia, verlas liderar también nos recuerda que la esperanza no es ingenuidad: es trabajo, coraje y comunidad.
Durante el foro, compartimos además un panel sobre el Estado de Derecho y el crimen organizado con Marisol Pérez Tello de Perú y Carlos Augusto Chacón de Colombia. Fue una conversación reveladora, no solo por la dimensión transnacional de las redes criminales, sino por la urgencia de construir respuestas que también crucen fronteras.
Estos espacios crean vínculos importantes: nos permiten reconocernos en las experiencias de otros países, aprender de sus luchas y comprender que ninguna sociedad puede enfrentar sola una amenaza que opera a escala regional. “Si el crimen organizado es transnacional, las soluciones, la solidaridad y el amor también tienen que serlo”.
Con esa convicción recibimos el recientemente creado Premio “Fernando Villavicencio”: no solo como un homenaje a nuestro padre, sino como un compromiso compartido de seguir defendiendo la justicia y la verdad, juntas y juntos, más allá de cualquier frontera.
Recibir el Premio Fernando Villavicencio por la verdad y la justicia fue, por eso, mucho más que un reconocimiento. Fue encontrarnos con la certeza de que su nombre sigue convocando a quienes entienden que la lucha contra la corrupción no termina con la muerte de quien denuncia. Tamia y yo recibimos ese homenaje como sus hijas, con todo lo que esa palabra contiene: amor, duelo, memoria y la responsabilidad de mantener viva una causa que también es nuestra.
Al terminar el foro, la declaración «América, el momento decisivo» dejó planteado un desafío que va más allá de los partidos y de las fronteras: defender las instituciones, combatir la corrupción y el crimen organizado, y recuperar la confianza en la democracia.
Volvimos de esos días, pensando que las frases verdaderas sobreviven a quienes las pronuncian porque encuentran su lugar en la realidad. La de Fernando resuena de México a Ecuador porque plantea una de las preguntas centrales de nuestro tiempo: quién ejerce realmente el poder y a quién protege.
El crimen organizado no gobierna solo. Esa es la advertencia. Y mientras existan ciudadanos de todas las latitudes que se atrevan a investigar, denunciar y exigir respuestas, significa que está presente una voluntad férrea para evitar que el miedo sea el destino de América Latina.


