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El humor puede conjurar -de alguna manera- los más complejos pasajes del autoritarismo y la corrupción en la vida nacional. Puede darle la vuelta a las realidades y hacer menos pesados nuestros pesares. Y Xavier Bonilla, más conocido como Bonil, ha sido un referente, por más de 40 años, en esta creativa, divertida, pero no por ello menos riesgosa, profesión.
La noche del 21 de mayo, amigos colegas y fans le rindieron homenaje, en el Teatro Gonzalo Bonilla Cortez, de la Unión Nacional de Periodistas (UNP), a través de un conversatorio en el que Bonil junto con Mónica Almeida y Yalilé Loaiza, abordaron las anécdotas, tropiezos, riesgos y triunfos del caricaturista.
La velada también fue un recordatorio de la importancia de la libertad de expresión y de la lucha que muchos periodistas mantienen para defenderla. Sin importar cuál sea el gobierno de turno, siempre existen temas que seguramente le incomodarán. Pero la reacción ante una crítica será: un ataque a la libertad de expresión (si es más autoritario) o su respeto y defensa (si es más democrático).
Por eso mismo, mientras ocurría el conversatorio se podían ver dibujos de Guillermo Lasso “dando papaya”, o de Correa que “entre ceja y ceja” tenía la necesidad de “controlar a la prensa”; o de Daniel Noboa emprendiendo el ataque a la Corte Constitucional…
En medio de la conversación, Mónica Almeida se refirió a la caricatura sobre el allanamiento a la casa de Fernando Villavicencio en la Navidad del 2013. Bonil contó que solo quería retratar lo que sucedió, con base a una noticia que literalmente decía “Policía y Fiscalía allanan la casa de Fernando Villavicencio y se llevan documentación de denuncias de corrupción”.

Sin embargo, tras el violento acto, la Presidencia de ese entonces se sintió señalada, argumentando que Bonil estaba dando a entender que fue Presidencia (léase Correa) la que allanó. Finalmente ese dibujo dio pie a una denuncia en la Supercom y el pedido, totalmente inusual e inverosímil, de rectificación… de una caricatura.
Lo verdaderamente disruptivo fue que Bonil hizo una rectificación con otra impecable caricatura, frente a la cual el poder no tenía argumentos, pero quedaba desnudo en su autoritarismo.

Frente a la Supercom, Bonil, se fabricó unos lápices gigantes con los cuales acudió a la audiencia. Así, “flaco, pero buenmozo”, como es él, ese día libró una batalla con humor y con lenguaje simbólico, en contra del intento de amordazar la risa, la sátira y la crítica.

También desató carcajadas cuando contó la aventura de publicar una caricatura en la cual dos ciudadanos conversaban sobre el voto joven y comentaban que no había de qué sorprenderse pues Rafael Correa, estaba “en la edad del burro”. En ese tiempo, alertados por el miedo a la reacción del mandatario, varias personas le dijeron que era un riesgo decirle burro al presidente. Sin embargo, Bonil se mostraba convencido de que él solo hablaba de que el entonces presidente se comportaba como un adolescente.
En sus 40 años de carrera -que han sido una batalla por la libertad de expresión- los dibujos de Bonil han tenido una evolución desde el lápiz de grafito, al lápiz digital, aseguraba Mónica Almeida. Así, a los 22 años, “con el ímpetu de la juventud” empezó en la Revista Nueva y más tarde se arriesgó a ofrecer de manera gratuita sus caricaturas al editor político de Diario Hoy, Juan Cueva.
Más tarde en Diario El Universo, el público disfrutó por varios años de las caricaturas más emblemáticas de este creador. Lamentablemente, hace pocos meses, Bonil salió de esa casa periodística, en medio de una controversia por la no publicación de algunas de sus obras. Ahora, en Primicias vive una nueva etapa, pues con la ayuda de la IA, anima sus dibujos y hasta compone canciones.
También hubo espacio para la nostalgia. Cristóbal Peñafiel, presidente de la UNP, recordó que Bonil recorría desde niño las oficinas de la Unión Nacional de Periodistas, y alborotaba esos pasillos cuando su padre Gonzalo Bonilla Cortez era presidente del gremio. Eran los años en los que pasaba de colegio en colegio: Intisana, San Gabriel y La Condamine.
Fue de Gonzalo Bonilla de quien obtuvo su legado. Aunque primero estudió Sociología, no pudo escapar al mundo periodístico, o al “orgasmo comunicacional”, como Bonil describe a la caricatura y al humor.
Sin embargo los primeros trazos no venían del humor, sino del dolor. Tras la temprana muerte de su padre, Bonil halló en el dibujo diversas maneras de expresarse. Y llega a perfeccionarse viendo y hasta replicando las caricaturas de revistas internacionales que estaban en casa y que eran de su padre. Conoció por ejemplo las revistas de Charlie Hebdo. Bonil reconoce que estas le inspiraron, hasta las copiaba. “No al nivel de Jorge Glas, pero sí las copiaba”, dice y desata las risas entre los asistentes.
Bonil agradeció el gesto de los asistentes, y confesó con la picardía a flor de piel, que luego de esta convocatoria, varios amigos con los que ya no había hablado muchos años, le han llamado… “para preguntar si me he muerto”. (Más risas)

Los amigos de Bonil le hicieron regalos. Los directivos de la UNP le obsequiaron una caricatura de su padre, Gonzalo Bonilla, que la había dibujado Roque. Paula Barraán le obsequió un cuadro de un ave en pleno vuelo. También le regalaron un collage de sus caricaturas y una frase sobre su trayectoria “Porque tu humor e ironía nos ayudan a interpretar las realidades paralelas ¡Misión cumplida!”.


