MORIR EN GUAYAQUIL

Necesitamos la mejor aproximación a la verdad que podamos tener, tanto para tomar decisiones acertadas como para no generar la sensación de un divorcio de la realidad a una población que no tolera más mentiras, que no tolera que se oculten sus enfermos, sus muertos, su viacrucis de hospital en hospital.

MORIR EN GUAYAQUIL

Pedro, María, Estefanía, Adriana, son nombres de personas que piden que atiendan a su madre, su padre, su hermana, su hijo o su tía que no “satura suficiente” ya.  Que no encuentran cama.  Que deben regresar a casa sin conseguirla o que si la consiguieron no consiguen saber ya cómo están sus familiares.  Que mueren solos.  Que no se pueden despedir. Que no logran recuperar los restos de sus seres amados.  Que tienen que reconocerlos en medio una morgue con cadáveres apilados y nada de esto fake news.

Tampoco es fake news que médicos, enfermeras y personal auxiliar empezaron a enfrentar esta crisis desarmados.  Como dijo una enfermera en Ecuavisa: “nos mandan a la guerra con una pistola de agua”. Que cuando los equipos llegaron ya muchos médicos estaban contagiados, que algunos han muerto, que otros están intubados. Y que mientras esto pasaba la ex ministra de salud Catalina Andramuño y las autoridades del IESS le mentían al país. 

Que decían que los médicos sí tenían equipamiento.  Y en Guayaquil, aún sin salir de casa, todos sabíamos que eso era falso por los compañeros de nuestros hijos que son internos, por nuestros familiares que trabajan en el sistema de salud.  Sabíamos de las extenuantes jornadas y de la falta del equipamiento más básico.  Que hasta que la ministra Andramuño por fin salió,  aceptaron la realidad y empezaron a equipar al personal de salud, pero no a diagnosticarlo.  Que para ese momento muchos médicos ya eran víctimas y vectores de la epidemia.

Siendo cierto todo este horror, ¿para qué las fake news? ¿Por qué postear informaciones falsas de cierres totales, de tumbas masivas, de imágenes de morgues extranjeras? ¿Para qué falsear quema de cadáveres cuando los cadáveres en las casas y las calles son reales?

Y es que en medio de la pandemia, las redes sociales se han convertido en ese vasto mar donde los náufragos de la atención y de las medidas indispensables para sobrevivir lanzan trinos como antes se lanzaban botellas con mensajes de auxilio adentro.  “¿Dónde encuentro plaquinol?” “¿Dónde un tanque de oxígeno?” “No hay reactivos…”

Los reclamos de familiares de enfermos y personal de salud se pierden entre los intentos de alarma de los trolls.  Sus voces son ahogadas en medio de la infame cacofonía de fake news y el empeño gubernamental por enfrentarlos.  De hecho, el término fake news es limitado, ante lo que realmente estamos es ante una guerra de desinformación.

La cuenta regresiva de la sentencia del caso “Arroz Verde” hace que los partidarios de los implicados actúen sin miramientos ni piedad.

¿Qué es lo cierto?

Cuando hay tanto desorden pasamos de la Verdad a hechos ciertos ¿Qué es lo cierto?  El viacrucis de Estefanía, de ir de hospital en hospital llevando a un señor de tercera edad que no satura ni al 80% para que en todos le digan que no tienen reactivos y tener que regresar con él, derrotada a la casa para luego suplicar por plaquinol y un tanque de oxígeno.

En twitter, parte del mar de las redes sociales a donde se han reducido muchas de nuestras interacciones, alguien preguntaba de qué forma ayudaba a la gente exigir el número de infectados/muertos, reflexionando adicionalmente si acaso un mayor número de muertos iba a hacer que la gente por fin se quedara en casa.

La respuesta obvia para muchos es que la gente tiene derecho a saber la verdad, pero la pregunta no es trivial. ¿Por qué tenemos que saber la verdad? ¿Qué significa saberla? ¿Para qué?

Debemos reflexionar el por qué conocer la verdad es medular en medio de una crisis como esta. ¿No estaríamos mejor con mentiras piadosas? ¿Con cifras que nos alerten lo suficiente del peligro pero que no lleguen a demolernos con su brutal peso?

Sobre el número de infectados la necesidad de saber la verdad es clara. Nos han machacado que las restricciones a la movilidad son para aplanar la curva que se dibuja cuando en unos ejes cartesianos marcamos el número de contagiados el eje vertical mientras que el horizontal nos indica la progresión de los días.

La esperanza era/es que esa curva crezca lentamente para que el sistema de salud no se sature, ese es el objetivo inmediato, pero el objetivo final es perder menos vidas.

Un sistema de salud no saturado implica que las personas tengan oportunidad de ser atendidas adecuadamente con apoyo respiratorio y el resto de protocolos que para ese entonces se hayan diseñado.

Pero, para que ese dibujito nos diga algo o signifique algo debe haber otros supuestos detrás, debe existir un mínimo de comparabilidad. 

Si un día dejo de tomar muestras o bajo significativamente el número de muestras que tomo, obviamente la curva parecerá aplanarse.   No tendríamos idea de en qué punto de la famosa curva que hay que aplanar estamos sino conocemos de manera más precisa el número de infectados.

Si un día se toman menos de 100 pruebas y al siguiente 800 la curva parece dispararse pero puede ser simplemente que la cifra anterior estuvo subestimada, como podría estar subestimada la actual si acaso el número de tests continúa siendo insuficiente.

Las medidas de distanciamiento social, cuarentenas, toques de queda, todas tienen como objetivo ralentizar (hacer más lento el contagio) para salvar vidas, garantizando no saturar el sistema de salud.

Pero ahí viene el meollo del problema: ¿qué pasa si el sistema de salud que no se debía saturar tenía, como algunas de las víctimas mortales del coronavirus, “condiciones preexistentes”?

Y esas, las condiciones preexistentes, pueden ser una de las claves de lo que ha sucedido en el Ecuador y con más dramatismo en Guayaquil.

El sistema de salud en Ecuador

En Ecuador hace unos años la sede del sistema de salubridad pública y epidemiológica:  el Instituto Nacional de Higiene Leopoldo Izquieta Pérez se encontraba situado en Guayaquil.

Guayaquil es un puerto y la urbe más poblada del país.  Ciudad de migrantes de todo el territorio nacional y también del extranjero está situada en una zona de manglares.

Guayaquil ha sobrevivido varias epidemias, el paludismo, la malaria, el dengue y las influenzas.  Por todas estas características que el sistema epidemiológico tuviera su sede central en la ciudad parecía tener sentido.

En una reciente entrevista en Primicias, Mario Paredes, epidemiólogo de la Dirección de Sanidad de la Armada del Ecuador, advertía que el país no está preparado para afrontar una crisis epidemiológica porque desde el 2009 el correato había centralizado el sistema de salud, incluido el sistema epidemiológico.

Debido a ello, los epidemiólogos pasaron a ser parte del personal administrativo de las zonas distritales del Ministerio de Salud dejando de trabajar en campo. Paredes señala que “muchos de ellos renunciaron o fueron reemplazados por personas que tienen escasa formación en vigilancia epidemiológica.” 

El sistema que antes trabajaba en forma coordinada con el Ministerio de Salud, pero también con el sector privado y el académico, perdió toda autonomía y quedó subsumido en un sistema centralista donde se privilegia lo político y burocrático.

Todo esto, recalca, debilitó la capacidad a nivel nacional de vigilancia epidemiológica. Correa culminó este proceso con el desmantelamiento del Instituto de Higiene para dar lugar vía decreto a dos nuevas instituciones, el INSPI y el ARCSA, pero sin recuperar las capacidades de investigación y fabricación de sueros, vacunas y medicamentos que había tenido el tradicional Izquieta Pérez, y obviamente la sede central paso a la capital.

Si Guayaquil fuera un ser vivo diríamos que con sus falencias y virtudes, la ciudad se había construido “un sistema inmunológico” y que este fue desmantelado con la centralización, burocratización y pérdida de autonomía resultado del correato. Pero esa no es la película completa.

La falta de vigilancia epidemiológica debido al fallido modelo centralista y burocrático de control epidemiológico llevó a que no solo no hiciera tests a todo el cerco epidemiológico de la paciente cero, sino que ni siquiera tenemos cómo saber si hubo casos previos que fueron pasados por alto.

Desinformación oficial

En cuanto a la respuesta temprana, para las autoridades de salud del momento, Catalina Andramuño y Paúl Granda pesaba más el dar una imagen falsa de tener todo bajo control que atender los reclamos y denuncias de los médicos y demás personal de salud ante la falta de equipos e insumos médicos para enfrentar la crisis.

Estos primeros días fueron clave, pues muchos médicos pasaron de luchar contra la enfermedad a ser víctimas y vectores de transmisión de la misma, mermando de esa manera la capacidad de respuesta de centros de salud que pronto colapsaron.

Ese no fue el único caso en que Andramuño desinformó al país.

El incumplimiento nunca aclarado de la oferta de dos millones de tests para el coronavirus finalmente significaron su salida y su reemplazo en la cartera por Juan Carlos Zevallos quien cuenta mucho mejores credenciales para enfrentar la pandemia pero que le toca asumir el reto de un mal ya desatado.

En medio de todo esto, las medidas inevitables de distanciamiento social, cuarentena, toque de queda y otras probablemente están cumpliendo su tarea, pese a lo difícil que es su seguimiento en sectores donde el sustento se gana día a día.  Hay que ver aún el alcance e impacto de las medidas compensatorias.

Sobre la verdad, tanto el Presidente de la República como Jorge Wated, encargado de la fuerza de tarea para hacerse cargo de atender la terrible realidad de los fallecidos y la ministra de gobierno, María Paula Romo están reconociendo el carácter limitado de la data pública. Eso ya es ganancia y logra mucho más que la publicidad contra las “fake news”.

Pero falta lo central, establecer protocolos para que todas las Adrianas, Pedros, Marías, Juanes y Estefanías sepan donde llevar a sus seres queridos que no pueden respirar, que haya lugar para ellos, que se los atienda y se los trate con dignidad y que se de soporte a los médicos y al personal de salud para que no parezca que en lugar de atención se exige de ellos más allá del heroísmo, el martirio.

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