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Que no sea inmortal,
puesto que es llama,
pero que sea infinito mientras dure.
Vinicius de Moraes
En su Seminario 2 (1984), el psicoanalista francés Jacques Lacan ya advertía de cuidarnos de hacer psicología o psicoanálisis de la subjetividad, pensada como objeto de las ciencias naturales, calculando masa, gravitación, etc., cuando tratándose de la especie humana no hay otro asunto más que su inserción en el orden del discurso. Es decir, del lenguaje… del entramado social. Hoy es 2026 y en Ecuador, durante los últimos cuatro años, la violencia dejó de ser una constante latente para convertirse manifiestamente en una variable en ascenso; condición que permite reelaborar el asunto del suicidio infantil.
Desde este marco referencial de violencia, la primera causa de mortalidad infantil en Ecuador es la violencia extrema (Plan V, 2025; Swissinfo, 2024). Lo que se divisa frente a este panorama es que los grupos más vulnerables sufren las consecuencias de los males institucionales, políticos, sociales y de los sistemas nucleares. De todos los actores que conforman la sociedad, los niños y adolescentes, como parte de sectores de alta vulnerabilidad, están en la mira de un verdugo olvido, reduciéndose a ser víctimas de algo profundamente disfuncional: la sociedad ecuatoriana.
En ese caso, podría pensarse que la primera gran tarea sería definir qué es la sociedad ecuatoriana, pero basta con asomarse un rato por la ventana o simplemente ver cómo nos comportamos en los distintos espacios de encuentros con desconocidos. Se acostumbra hablar de “desamparo” para referirse a los problemas que afectan a los grupos vulnerables. Efectivamente, existe un desamparo institucional que señala graves desequilibrios sociales e inequidades bastante marcadas; sin embargo, hay algo que concierne al ser del infante o adolescente en función (relación matemática) de los adultos con quienes se rodean.
¿En qué situación existencial, por decirlo así, se encuentran los adultos que tienen a su cuidado niños y adolescentes? En otra pregunta con tinte más filosófico: ¿por qué habría que seguir viviendo, con mayor razón, en esta tierra sin sueños llamada Ecuador? ¿Por puro instinto de supervivencia? La pandemia, como eslabón fundamental para pensar hoy las subjetividades infantiles, marca un antes y un después en las condiciones de existencia. Hemos tenido funcionarios en direcciones de educación que, luego de la ruptura de la maquinaria social-educativa producida por la pandemia, insistieron en seguir el curso de la fórmula gastada y retardataria de una educación tradicional de pupitre, premiando tareas poco útiles para la vida y castigando fuertemente el fracaso, que en definitiva es lo que más se presenta hasta nuestra muerte.
Esa condición idiosincrática, transmitida por los mercaderes de la educación con posgrados, tampoco fue abandonada por los padres y la sociedad en general. El mercado de la educación, orientado a sobrevivir y “ser alguien en la vida”, degeneró en estudiar en escuelas de renombre; en la venta de títulos universitarios y de maestría, que a la vez produjeron adultos “fracasados” con hijos a quienes se les exige a partir de la herida de ese mismo fracaso aspiracional socioeconómico, que resultó de seguir aquel camino hegemónico de la cultura ecuatoriana del éxito. Ministros de educación sonríen para la foto mientras el sistema educativo —esa microsociedad para infantes y adolescentes que presenta sus propios problemas sociales más allá de la inutilidad de sacar buenas notas — continuó sin un cambio de matriz educacional, sin atender los propósitos de vida de los menores. Las fórmulas educativas en la realidad ecuatoriana son incongruentes con los tiempos de velocidad digital, inteligencia artificial y nuevas formas 2.0 de ganar dinero a nivel global, sin necesidad de pasar por la escuela.
Por otro lado, innumerables diagnósticos psicológicos infantiles se estilan desde la ineficiente metodología educativa Occidental, de estar sentados horas y horas en pequeños escritorios y, dependiendo de los casos, en situaciones de extrema incomodidad, romantizando la precariedad, cumpliendo con metas educativas impuestas por un Otro que no garantiza ninguna felicidad o armonía, evidenciado en el sufrimiento de los propios padres. ¿Para aprender qué? Padres desesperados por sus hijos, a quienes sacrificadamente se les paga o envía al colegio para cumplir con la cartulina del lunes. Las expresiones de frustración de los padres por no alcanzar el ataviado mandato social son la violencia y el castigo desmesurado. En ambos actores sociales, padres e hijos, las subjetividades quedan zanjadas, fracturadas, cercenadas.
Son los dichos que construyen la sociedad ecuatoriana: “la letra con sangre entra”, “la vida es muy dura”, “estudia para que seas alguien en la vida”. ¿En serio? ¿Alguien en la vida, como tú, papá? ¿Como la profesora que enseña pero que no sabe pronunciar bien las palabras? Esto sí es desesperanzador para cualquier niño que transita las aulas, además de que tenga que “estudiar para no morirse de hambre” … Que el niño sepa lo que le espera es cruel. Nuestra subjetividad se constituye desde los dichos, desde ese orden simbólico en el que nos desenvolvemos. Desde el deseo del Otro: ese discurso del mandato social y parental que determina el inconsciente. Los niños —vale recordar que no son adultos pequeños—no son tontos y pueden intuir si algo tiene sentido o es incorrecto. Ante este panorama, ¿qué vida imaginan ellos que tienen por delante?
“No aguanto este dolor que cargo”, confesaba la carta de despedida de M., menor de once años que en septiembre de 2025 decidió ahorcarse en su dormitorio, en su casa ubicada en el cantón Durán, mientras su madre y abuela se encontraban en la vivienda (Franco, 2025). Lograron salvarla. El motivo que le costó un mes de terapia intensiva y daño cerebral fue el acoso que recibió en la escuela. Simplemente, el sistema educativo, tal como se ha construido por siglos, no se abastece para mediar en ese pequeño sistema social que se ha cocinado, al mismo tiempo que funciona como guardería, hegemoniza subjetividades, adoctrina desde valores disonantes con las subjetividades-géneros-cuerpos y, a la vez, debe cumplir con los programas de cada año lectivo. No, es caduco vivir así.
Joe Bell (2020) es una película que, sin duda, injustamente no obtuvo una nominación al Oscar por la actuación del protagonista Mark Whalberg. Basada en una historia real, es la radiografía de un padre (Joe) que recorre Estados Unidos para concienciar sobre la homofobia, luego de que su hijo Jaden se quitara la vida por el acoso escolar que recibía por ser gay. En una de las escenas, el padre se quiere enfrentar a un par de camioneros cuando estos realizan comentarios homofóbicos, luego de ver en la televisión la aprobación de la ley del matrimonio igualitario. Jaden detiene al padre y le dice que a esa gente no se la puede educar y que son los hijos los que replican esas conductas. ¿Qué le puede esperar a una persona cuya orientación sexual es vetada por la sociedad, por las instituciones educativas y, con mayor razón, si son religiosas o militares? ¿Qué le espera a un menor de edad al que le toca enfrentarse a un mundo sumido en el atavismo conservador de los cristianismos? ¿A defraudar a un padre que se avergonzaría de él? Joe Bell recorrió su país con el dolor de la culpa, porque cuando su hijo vivía le avergonzaba que fuera homosexual.
El problema es más grande de lo que podemos imaginar: es estructural y social. Por tal motivo, hay que nombrar al sistema educativo que, recordando la propuesta de la reconocida socióloga húngara Agnes Heller, es otro de los nichos donde el sujeto se esculpe a partir de lo que ya existe en la sociedad, hegemónicamente construido, para que funcione en esa misma sociedad. Los individuos nacen en una realidad, es decir, una discursividad hegemónica, conservadora, autoritaria, binaria, como se le quiera llamar, y se forman desde su núcleo familiar y educativo; discursividad que jamás ha sido compatible con la particularidad de cada sujeto. Por eso se puede decir que existe el psicoanálisis: para darle lugar a esa particularidad al mismo tiempo que negocia con el malestar en la cultura. Mientras que cualquier otra propuesta pedagógica, psicoeducativa, de ingeniería social-individual y salud mental procurará cumplir con el cometido de insertarlos en la sociedad. Así, es sabido que en algún tiempo existieron clínicas de deshomosexualización. Hoy es una vergüenza recordarlo, pero mejor así, para no repetirlo.
Hablar del suicidio conlleva una gran responsabilidad, puesto que es un imposible para los psicoanalistas: hablar desde el sujeto que decidió quitarse la vida. Con mayor razón si se trata de un infante, sencillamente porque ya no está. El que habla de esto es el que no cometió el acto de quitarse la vida: el depresivo es uno que no se suicidó y habrá que ver de qué otras maneras hará uso de su vida desencantada desde aquel desencuentro con el mundo. Sin embargo, se puede proponer que la elaboración de una identidad en el infante, para que llegue a esas decisiones tan extremas, depende de cómo se va constituyendo imaginariamente en los diversos espacios donde se relaciona. Si se constituye un yo que es erosionado o esmirriadamente armado desde sus primeros años en su núcleo familiar —por falta de atención, abrazo, sueños o distintas expresiones de violencia — y esto tiene continuidad con la opresión de un sistema educativo que elimina cualquier singularidad pero que tampoco media entre las individualidades allí proyectadas entre niños, ¿le quedan recursos a ese yo del niño para poder lidiar con aquella vida que lleva en los pocos años que ha transitado en el mundo y con lo que se imagina que le toca vivir?
Para la crueldad dispersa en la constitución del mundo no hay escuela o religión que le haga frente; quizá las refuerzan. Este es el argumento de la famosa novela de Stephen King, y luego películas, Carrie. Carrie White, la adolescente a quien se le asigna un poder telequinético para que pueda desfogar toda esa crueldad del mundo que cayó sobre sus hombros. El autor tuvo que recurrir a sus recuerdos del colegio para volcarse a escribir aquel libro: recuerdos desagradables, dirá, y pensar en las dos chicas más impopulares de su aula (King, 2003). Los niños son expresiones del narcisismo de los padres, quienes rinden culto a las exigencias de la escuela sometida al mercado académico, social y laboral. La tarea para la clase, el uniforme nuevo bien arreglado, los zapatos de tal o cual color, establecen un ideal de ser (ideal del yo) en ocasiones imposible de cumplir, lo que produce segregación, burlas y, en definitiva, rechazo y exclusión. Psicólogos cansados de hacer charlas contra el bullying escolar sin saber que son parte del problema y sus acciones no son más que gansadas.
Tenemos más poder para dañar que para amar o hacer sanar (Wila, 2025), y el daño está en señalar “la verdad” de no estar a la altura de satisfacer la demanda institucional que deben cumplir los niños insertos en la sociedad. El niño reconoce las limitaciones de sus progenitores y queda a su cuenta, sin esperanza. El niño que decide quitarse la vida es uno sin recursos simbólicos ni fantasías, que ha crecido en la dureza y las malas palabras. En cambio, hemos visto en la tremenda película de Benigni, La Vida es Bella (1997), cómo un niño sobrevive a un campo de concentración gracias a la realidad que le presentó el padre. Realidad que, seguramente, de adulto hubiera podido poner en palabras y elaborar sobre todo lo que sucedió.
¿A qué verdades se enfrentan los niños? A realidades con las que no pueden cumplir, impuestas y creadas desde una alienación cultural: a su diversidad de género no aceptada por la sociedad ni su familia, a la disparidad de una hegemonía estética, a la competencia insulsa del mercado académico, a padres que nunca aprendieron a ser humanos y son incompetentes para sostener; a realidades económicas, de género, étnicas, sexuales que no son congruentes con el mandato social. Este es el argumento central de la obra de Sigmund Freud: vivir en un constante malestar por la negación de una individualidad que contrasta con los intereses de la cultura. Los niños, al no tener algún sostén, ¿qué vía de escape queda? La infancia no está preparada para conocer tempranamente que estamos condenados y que esa es la condición humana, más aún en un país tan desigual, injusto y desequilibrado como Ecuador. Las infancias no están listas para saber de antemano que no se puede eludir un destino —no sin el sostén apropiado —que no se halla ni en la familia ni en la escuela. En términos freudianos, el superyó es tan grande que la crueldad recae sobre sí mismo, sin nada que pueda mediar.
Para identificar esta problemática, el diagnóstico temprano es importante. La pregunta de cajón será: ¿cuántos niños están enfrentados a esta situación? La clínica psicoanalítica con niños es a través del juego; es allí donde asocia libremente porque recién está introduciéndose en el mundo del lenguaje. Entonces encontramos la dificultad de poder hacer un diagnóstico previo cuando en el niño hay falta de palabras para expresar por lo que está cursando. Las manifestaciones sintomáticas serán múltiples en relación con conductas que son diagnosticadas fuertemente, es decir, con mayor coerción (TDAH, autismo, adaptativos, de aprendizaje, etc.), en función de lograr una inserción a eso mismo que le causa aquella melancolía infantil. Estas condiciones borran cualquier oportunidad de elaborar alguna noción de sentido de vida y, por supuesto, del sentido de muerte. Posiblemente la fantasía quede encarnada más en el lado de la muerte que el anhelo anclado a la vida, para así tomar la decisión no de morir sino de arrojarse al acto de matarse. Insisto, sin tener simbolizado qué sentido tiene cada cosa.
En esa falta obturada por tanta demanda y por las violentas realidades, no queda más opción disponible a la vista. Demanda que lleva al niño a un lugar de vaciamiento y de sentimiento de insuficiencia, de resto asumido sobre la mirada que tiene hacia sus padres y de objeto devorado. Frente al acorralamiento que puede implicar la vida, quitársela no es necesariamente un suicidio sino una salida forzada de la escena de la vida. Salir de la escena aparece como opción cuando la realidad se presenta como una imposibilidad sin alternativa de ser mediada. Por otro lado, hay sujetos que se suicidan simbólicamente y siguen vivos. El suicidio implica una posición subjetiva con respecto al mundo y los demás; es un acto que deja un mensaje al resto. Confundir estos aspectos sería eliminar la dimensión política del suicidio, considerando que el reverso del inconsciente es la política. Llamar a todo “suicidio” es optar por la postura cínica de “no pidió ayuda”, “estaba deprimido”, enmarcando el asunto como un problema “interno” del sujeto.
Desde el Otro, cuando acoge, se simboliza. En caso contrario, el sujeto cae en colapso por efecto de esa falta de garantía del Otro que siempre es político. Cuando un niño se quita la vida y llamamos a eso sencillamente “suicidio infantil”, dejamos de lado a la escuela, la familia, la pobreza, la violencia, el mandato del éxito, el abandono estatal, etc. El niño no tiene poder político, pero sufre como síntoma de lo político.
En psicoanálisis existe un término denominado goce, para poder operar en nuestra clínica y desmenuzar la interrelación subjetiva entre los sujetos. A partir de esto podemos subvertir la comprensión del fenómeno de la relación que existe sobre la vida adulta y el mundo que viven los niños y adolescentes. Para empezar, se pone sobre sus cuerpos y subjetividades la carga de la herencia histórica que deben asumir para convertirse en los sujetos esperables; mientras no se logre, sobre ellos recae la culpa y la deuda. Del otro lado, en el lugar de padres, maestros, familia y sociedad, se encuentra el dedo señalador y excluyente. Desde el mundo adulto, profesionista, especialista, se piensa a la niñez y adolescencia como un topos pasivo, maleable, adoctrinable; en fin, un objeto que “goza” de libertad, ingenuidad, facilidades y despreocupaciones: sin vida social, sexual o amorosa. Cuando realmente esto está cargado de preguntas, enigmas y desafíos que vienen a ser tapados desde la religión hasta la más pura rudeza de la ignorancia.
Mientras el adolescente está pensando en quitarse en la vida, sumido en su habitación a oscuras y escuchando música triste, el padre le grita que se levante, que haga algo y deje de ser un holgazán. La sociedad moderna no está hecha para las subjetividades infantiles y adolescentes, sino para formar padres como ese. El término goce se expresa en esa relación que el niño y adolescente tienen con el mundo adulto. Introduciendo este término podemos saber que el mundo infantil no es uno de disfrute como lo pensamos desde afuera, sino que se halla atravesado por esa relación que tiene con el Otro.
Para Albert Camus (1942/2023), solo existe un problema filosófico serio: el suicidio. Así comienza El Mito de Sísifo. Ante la magnitud de los problemas emocionales, sociales y constitutivos por los que está pasando el niño, es imposible poder sobrevolar por encima de este dilema acerca de la existencia, menos en ausencia de la adecuada orientación parental que poco o nada se asume del tema. Entonces, “¿para qué sirve la filosofía, algún sistema de pensamiento o el psicoanálisis?”, pregunta que se obtura, si no con la idea de Dios, con el enfoque instrumental para colaborar con el aparataje académico-profesional o ideales de éxito en servicio de la maquinaria social. Pero a un infante no se le presentan estas reflexiones ni con juegos, cuentos de hadas o fábulas, porque simplemente los mayores, los del mundo adulto, no contamos con los recursos personológicos e intelectuales —o no se elaboraron —para poder educar de cómo enfrentar al mundo. La tesis central de Camus en Sísifo es que la vida es absurda a diferencia de otras posturas —incluyendo la logoterapia — que sostienen que la vida tiene un sentido. Por lo tanto, es absurdo que un niño se quite la vida por las malas calificaciones o porque los padres se separan. En ambos casos, la hegemonía cultural establece bajo presión lo que es vital, de suma importancia y bajo un imperativo que tiene que cumplirse: aprobar con cuadro de honor o papá y mamá “juntos hasta que la muerte los separe”. Ese valor de verdad sobre el camino de la vida es transmitido de esta manera, a lo que solo cabe preguntar: ¿cuáles son entonces las preocupaciones del mundo adulto?
No todo niño suicida se suicida ni todo niño que se suicida es suicida, difícil de leer estas palabras juntas, pero si deseamos pensar en prevención, son necesarias para abrir los ojos. De lo que se ha hablado es que el mundo adulto se desenvuelve en una coyuntura social, política, subjetiva y económica, que no permite ver signos o señales que den indicios si nuestros niños están pensando en el acto quitarse la vida como una salida a lo que ya no pueden sostener. Las tendencias psicológicas funcionalistas y utilitarias como las cognitivas-conductuales, no se prestan para atender estas sutilezas, menos aún las expendedoras de ritalín. El niño suicida que no se suicida probablemente sea reclutado por pandillas o madurará la idea eventualmente; mientras que el niño que no es suicida pero que se quita la vida, no tiene nociones sobre la muerte y se ha cargado de muchas con respecto a la vida.
En una pequeña intervención frente a educadores, Freud (1910/1998) insinúa que la escuela (como institucionalidad) no sirve para mediar sobre lo que se cuece en el lazo social entre educandos. Para ese entonces el psicoanalista ya tenía una idea clara de lo que se trataba la escuela e insta literalmente a no empujar a los jóvenes al suicidio, para instalar en cambio el deseo de vivir. Esto, en pleno auge francés de test de inteligencia y teorías del aprendizaje. A la batería educativa y con ella la estructura social, toma por menos los estados de melancolía de los sujetos. En muchos casos desde la escuela se sostiene el ideal de asistir aun estando enfermos y es impensable hacer ausentar al niño porque ese día sencillamente no se siente bien anímicamente para asistir. Posturas que se extienden hasta la fecha en entornos laborales. En otros casos obligamos a nuestros hijos a resistir ambientes educativos nocivos, por el hecho de ser instituciones de “renombre”. Aún queda camino por recorrer para abordar el tema de suicidio infantil en Ecuador y suicidio en general. Pero no es menos cierto que se torna un imposible lógico, un real (entendido desde Lacan), que no puede ser reducido a diagnósticos psiquiátricos rápidos, protocolos estandarizados o pensando que es un hecho psicológico endógeno.
Sin embargo, de alguna manera esta propuesta no es antinómica con el trabajo de Durkheim (el suicidio producido por anomia social), en tanto que no hay un Otro que no sostiene (Lacan con la demostración del nudo borromeo) o la disparidad en Freud entre cultura y pulsiones. Marx (2012) tampoco es ajeno a esta postura teórica, al considerar natural que la sociedad produzca suicidas como respuesta a lo que resulta ininteligible en esa misma sociedad. Reconoce también en consonancia con los demás autores, que al ser humano no se le conoce y más bien se le reprocha, individualizando aquel pasaje al acto. En definitiva, coincidimos que es un asunto biopolítico sin elucidación ni toma de responsabilidad.
Referencias bibliográficas
Camus, A. (2023). El mito de Sísifo. Lucemar. (Obra original publicada en 1942)
Cirulnik, B. (2014). Cuando un niño se da muerte. Gedisa.
Franco, M. (20 de octubre de 2025). Tragedia en Durán: Niña de 11 años atentó contra su vida tras sufrir acoso escolar. Extra. Disponible en: https://www.extra.ec/noticia/guayaquil/nina-de-11-anos-lucha-por-su-vida-tras-suicidio-por-presunto-acoso-escolar-139287.html
Freud, S. (1910/1998). Escritos Breves. Contribuciones para un debate sobre el suicidio. Obras Completas. Amorrortu.
King, S. (2003). Mientras escribo. Plaza & Janés
Lacan, J. (1984). El Seminario. Libro 2. Barcelona: Paidós.
Marx, K. (2012). Acerca del suicidio. Las Cuarenta.
Plan V. (20 de octubre de 2025). El homicidio es la primera causa de muerte en menores de 17 años. Disponible en: https://planv.com.ec/historias/derechoshumanos/el-homicidio-es-la-primera-causa-de-muerte-en-menores-de-17-anos/
Swissinfo. (20 de noviembre 2024). Unicef: El homicidio es la primera causa de muerte en infancia y adolescencia en Ecuador. Disponible en: https://www.swissinfo.ch/spa/unicef%3A-el-homicidio-es-la-primera-causa-de-muerte-en-infancia-y-adolescencia-en-ecuador/88255462
Wila, C. (2025). La Crueldad, el origen de lo humano. Paidós.


